Esta vivienda de 120 m² en el centro de Valencia se transformó por completo para adaptarse a un estilo de vida más actual. El punto de partida fue replantear la distribución original, eliminando tabiques y pasillos para ganar metros útiles y, sobre todo, para permitir que la luz natural llegue a cada rincón de la casa.
El proyecto se organizó a través de una división muy clara. El corazón de la vivienda pasó a ser un espacio continuo que integraba salón, comedor y cocina. Al prescindir de compartimentaciones, se consiguió una percepción mucho más amplia del conjunto, donde la cocina se resolvió como una pieza discreta de líneas limpias, integrada visualmente en el salón mediante acabados sobrios.
El piso se completó con tres dormitorios y dos baños (uno de ellos en suite) donde primó la sencillez y la coherencia de materiales. Para los baños, se eligieron revestimientos en tonos neutros, mobiliario suspendido y grifería empotrada, decisiones que ayudaron a conseguir esa imagen atemporal y despejada que buscaba la propiedad.
El gran hilo conductor de la reforma fue el suelo vinílico colocado en espiga. Este pavimento recorrió toda la superficie sin interrupciones, actuando como elemento unificador y aportando una base cálida al resto de la propuesta. Por su parte, la técnica se resolvió con la misma discreción: tanto la iluminación empotrada como la climatización por conductos se integraron en los falsos techos para no restar limpieza visual a los espacios.
El resultado fue un apartamento sereno y bien proporcionado en pleno centro histórico de la ciudad. Un proyecto donde cada decisión respondió a la búsqueda de un equilibrio entre la funcionalidad de los espacios, la calidez de los materiales y la entrada de luz.